Tenerlo todo, pero cambiarlo por un poco más
Ambición, persona ambiciosa. Nos entra un cosquilleo al escuchar esas palabras, más si cabe en las empresas a los de recursos humanos cuando buscan nuevos candidatos y ven la oportunidad de contratar a alguien cuya ambición es echar el resto para heredar la empresa.
Esta semana hablaba con mi jefe sobre eso, viendo a los Business Managers, los trajeados, aquellos que no madrugan pero que cuando aparece el que tiene que cerrar el edificio a oscuras, con el día vencido están ahí entre documentos, reuniones y con los ojos enfocados en el ordenador mientras les alumbra el flexo de la mesilla como en el clásico interrogatorio de película jugando a poli bueno – poli malo.
No le di mayor trascendencia, pero el viernes en el desayuno vi una noticia que me llamó la atención y fue cuando me entraron ganas de escribir. Era una entrevista al actor argentino Ricardo Darín (conocido ahora en España por el anuncio de “increíble dejar a un argentino sin palabras”). Él nunca trabajó en Hollywood, pero tuvo dos oportunidades, una de ellas en la película de “El fuego de la venganza” con Denzel Washington. Él contestó que estaba feliz, que quería acabar su temporada de teatro y volver a casa con la familia, y es donde llega el punto clave para mí, cuando el entrevistador le dice: ¿sabes todo el dinero que podrías haber ganado?
Y él le da una respuesta que me parece maravillosa: ¿y el dinero para qué sirve? ¿para vivir mejor? ¿mejor de lo que yo vivo? Yo me pego dos duchas calientes por día. Me estaba yendo bien en el teatro, estaba trabajando genial, la gente nos besaba y abrazaba por la calle…La ambición te puede llevar a un lugar muy oscuro y desolador.
Nada más acabar de leerlo pensé: cuantísima razón lleva. Cuanta gente vemos con una buena casa, una pareja que los quiere, unos hijos que los idolatran y que corren a abrazarlos cuando llegan de trabajar, un trabajo que les encanta donde además ganan un buen dinero que les hace no solo vivir sin penurias económicas, sino que les permite tener caprichos, tecnología de vanguardia siempre a mano, viajar, comer en buenos restaurantes, etc. Y aparte de eso tienen tiempo libre para desarrollar sus hobbies, ver a sus amigos, pasar tiempo de calidad con su familia, estudiar alguna cosilla para seguir formándose para el trabajo o aprender un nuevo idioma. No voy a decir que sea la vida de ensueño, porque habrá gente que no quiera ciertos aspectos de esta vida o igual ninguno, pero a priori se ve una vida balanceada donde desarrollarte y ser feliz. Y es entonces cuando aparece “el gran ascenso”, “una oportunidad única que puede catapultar tu carrera”. El coste: más horas de trabajo, más viajes, teléfono siempre encendido por si hay que salir corriendo a solucionar alguna emergencia y mayor sueldo. Al final en estos casos yo creo que el sueldo es lo de menos, porque realmente una persona que gane por ejemplo 4000 euros al mes si pasas a pagarle 8000, que puedes decir: ¡vaya, pues el doble, casi nada! Yo creo en mi humilde opinión que no va a ser ni de lejos la felicidad que podría tener un trabajador que gane 1300 y de la noche a la mañana le subas a 2600.
Al final todo se resume en la ambición, el poder y en esa frase que decía en un episodio de los Simpson el Señor Burns: aunque lo tengo todo lo cambiaría todo por un poco más. Y es ahí donde la vida te castiga, porque cuando estás en la cúspide de la montaña si te pones a hacer equilibrios te puedes caer. Es el punto de no retorno donde se empiezan a ver personas irritables, que no duermen, sus hijos se alejan, sus parejas se divorcian, empiezan a comer mal, beben o hasta empiezan a tomar sustancias prohibidas (esto parece muy de película, pero hay historias verídicas de ciertas consultoras con jornadas de 40 horas semanales que terminan haciendo 12 horas diarias casi de lunes a domingo y hasta en vacaciones que se meten de todo para aguantar esos ritmos).
Y entonces yo me pregunto: ¿por qué?
Entiendo que una persona con carencias en su vida decida potenciar otros aspectos. Si tienes poco dinero y mucho tiempo libre puedes tener ganas de estudiar y de ascender alto y muy rápido en tu carrera, si no tienes pareja tienes más tiempo para estar con tus amigos, si tienes un trabajo repetitivo que no te motiva puedes querer desarrollar un hobbie que te exija, etc.
Hace poco una persona me dijo unas palabras que aún resuenan en mi cabeza, no las recuerdo con exactitud, pero era algo así: “En este momento de mi vida, tengo la vida que quiero tener”.
Lo decía una persona que estaba acabando un doctorado y estaba buscando empezar a trabajar de ello. Con su esposa, su hijo, su tiempo libre para tocar la guitarra, ver a sus amigos y familia. Una persona que no la ves que se conforme, que quiere ir más allá. Pero en este caso no me vino a la cabeza la palabra ambición, sino pasión.
Como decía Ricardo Darín, la ambición te puede llevar a un lugar oscuro. Es como caminar en penumbra por una jungla donde puede no pasarte nada o que cualquier cosa te mate en los siguientes 20 metros. En cambio, si tienes pasión por tu vida, por lo que haces, por lo que tienes es algo así como hacer una ruta donde no hay un final, sino diferentes puntos donde parar a mirar el paisaje.
Así es como decidí plantearme mi vida hace unos meses, analizando los diferentes aspectos de mi vida: familia, amigos, hobbies, trabajo, estudio, el grupo de música, etc. Pensando en: ¿dónde estoy? ¿qué cosas he incorporado recientemente a mi vida que me gustan y quiero mantener? Y ¿en qué nuevas cosas quiero enfocarme?
No la ambición del dinero, del poder, de ser mejor que Fulanito, de que se vea que puedo soportar una carga donde otros fallaron y de que se me recuerde. Sino la pasión de disfrutar de mis cosas, de mi vida, de quien soy y de buscar cada día una mejor versión de mí mismo mientras sigo disfrutando del viaje.

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