El gato de Schrödinger (Parte 1)

Empiezo a oír ruidos. Abro los ojos lentamente, dando paso a una neblina, cuando, de golpe, la luz de un fluorescente baña la estancia. Escondo la cabeza como un avestruz, mientras trato de acostumbrarme a la situación. Todos los días la misma rutina, supongo que la culpa es mía por dormir en el despacho, pero es aquí donde me han puesto mi camita. Estoy cómodo y a buena temperatura. Aparte, ya tuve la feliz idea otras veces de escabullirme para dormir en el sofá... pero siempre que me pillan me pegan con el periódico. Y ya ni que decir de la habitación principal de mis amos: Erwin y Annemarie.
Además, esa habitación siempre es un caos. Siempre se ven mujeres diferentes... a veces hasta se quedan a desayunar al día siguiente o por semanas. Debo admitir que son situaciones que me ponen algo incómodo y aceleran mi necesidad de frotarme con todas las cosas importantes de la casa para marcar mi territorio, ya que tengo el sentimiento constante de que estas personas vienen a ocupar mi sitio.
Por cierto, no me he presentado. Me llamo... bueno, ¿qué más da?. A fin de cuentas, me conocen como "el gato de Schrödinger". O así es como se me empezó a conocer la semana siguiente a estos sucesos que os narro, momento en el que mi vida cambió para siempre.
En fin, tras esta breve pausa, para poneros en contexto del lugar en el que vivía, proseguí con mi rutina. Mi amo Erwin, tras ponerse un rato en su pizarra con sus dibujos y cálculos pertinentes, terminó de ponerse el traje y se marchó a la carrera a la Universidad de Oxford para impartir sus clases del día, mientras la señora se quedaba en casa ocupándose de las labores domésticas y de mí. Es verdad que no doy demasiada guerra, pero al final uno tiene sus necesidades.
Tras estirarme debidamente y hacerle otra muesca al perchero de la entrada para afilarme las uñas, me dirigí a la cocina y con un salto grácil me paré junto al grifo. Es increíble lo bien que me hago entender. Al principio, necesitaba maullar como si fuera un condenado a muerte o dar múltiples toquecitos como un batería de swing para que me hicieran un poco de caso, pero ahora si que puedo decir que un gesto vale más que mil palabras.
Tras hidratarme y asearme con mi lengua, decidí escaparme por la ventana, como solía hacer y dar un paseo por el parque mientras buscaba algún pájaro o ratón para cazar. Dios sabe que no lo hago por hambre o supervivencia, pero el cuerpo me lo pide. Es una necesidad.
El día transcurrió sin demasiados sobresaltos, ya por la tarde, tras una breve siesta (No es que yo tenga una percepción del tiempo como los humanos, que van acelerados de un lado para otro, esclavizados por lo que les dice una esfera de cristal; solo sé que en el comedor hay una y, cuando me dormí, una manecilla pequeña apuntaba a la derecha y ahora estaba abajo.) encontré a mi amo de vuelta a casa. Me acerqué al despacho para saludarle y que me acariciara un poco, aunque como de costumbre en las últimas semanas, se le notaba algo ausente y desconectado de la casa. Se le veía pensar mucho en alto, mirar a su pizarra mientras murmuraba y negaba con la cabeza y beber una bebida marrón que parecía tener superpoderes, ya que le mantenía muchas horas despierto.
Esa tarde, además se encontraba escribiendo una carta kilométrica a un amigo suyo, un tal Einstein. Al parecer los dos estaban peleados con dos señores, Bohr y Heisenberg por algo de mecánica cuántica y el hecho de que cada cual lo estaba interpretando de una manera distinta. No me parece algo raro, a fin de cuentas, a mí me pasa que percibo mejor mi entorno por la noche, aunque lo vea con menos colores, así que ¿por qué esta gente iba a ver las cosas igual que él?, es absurdo.
El día siguiente siguió los mismos derroteros, aunque Erwin, esta vez, salió a dar un paseo y a contemplar la naturaleza. Yo sé que eso le hacía desconectar y le hacía sentir en paz, era como si saliera de su cuerpo y flotara. Al menos es lo que me imagino al ver su cara, porque yo experimento la misma sensación.
Decidí seguirle un rato para que no paseara en soledad, pero, de nuevo, mi instinto me traicionó y al ver un ratoncillo corretear por delante de mis bigotes me tuve que abalanzar rápido sobre él. Fue presa fácil, lo cogí entre mis fauces sujetándolo por el rabo y lo llevé dentro de casa como tributo a mis humanos. Aunque dentro de casa se estaba cociendo una discusión entre los señores.
—Erwin, te juro que no te reconozco. Es como si tu cuerpo estuviese, pero tu cabeza vagara por ahí, entre la Universidad y el despacho —gritaba su esposa.
- Sabes lo enfocado que estoy ahora mismo en mi trabajo, estoy haciendo logros importantes para la humanidad. Y este tema de la mecánica cuántica y la interpretación de Copenhague...es que no tiene ningún sentido, no paro de darle vueltas y creo que debería haber alguna forma sencilla de encontrarle una explicación.
Admito que estaba algo distraído y que me confié demasiado con aquel diminuto roedor, ya que este seguía vivo, y en ese momento, hizo un espasmo y se cayó de mi boca. Traté de retenerle con la pata, pero fue más rápido que yo y se metió debajo de la cama, invitándome a ir tras él y darle caza, esta vez, sin contemplaciones.
- ¡AAAAAAAAAAH! Erwin, por Dios, saca esa cosa de mi casa, ¡qué asco más grande! —gritó la señora.
- Tranquila, ya ha ido el gato tras él, ahora mismo sólo quedará un cadáver tieso y magullado.
- Por lo que a mi respecta, hasta que no miremos debajo de la cama ese ratón puede estar vivo o muerto.
- DIOS MÍO, ESO ES!!!!
- ¿El qué? - contestó su esposa, entre la curiosidad y la incertidumbre de ver que salía de debajo de la cama.
- Mi solución. Cariño, tráeme el transportín. Mañana el gato se viene conmigo.
CONTINUARÁ.....
Comentarios
Publicar un comentario